Guillermo Fesser personifica el maniqueísmo que está consumiendo a EEUU

Hace pocos meses nació un nuevo podcast en el panorama español: Bola de Cristal. Las dos personas detrás de la idea —y detrás del micrófono— son Elías Domingo e Ismael Soto, profesionales inquietos y comunicadores natos con una lista interminable de intereses variados que alimenta el guión semana tras semana.

Logo de «Bola de Cristal»

El último capítulo (que hace ya el número catorce) está dedicado a las próximas elecciones a la presidencia de EEUU, y además de las voces habituales de Ismael y de Elías, cuenta con la participación de Guillermo Fesser, el conocido humorista y periodista, desde hace unos años residente en EEUU.

Había visto algunas de las crónicas recientes de Fesser desde EEUU para la TV española, y me parecieron entretenidas y originales. En general, siempre me gustó su estilo. El suyo siempre fue un humor campechano, sin pretensiones; y no parece tomarse demasiado en serio a sí mismo, lo que siempre es de agradecer. Así que escuché este episodio de Bola de Cristal con curiosidad.

(Foto CC Wikimedia Commons)

Por desgracia, sus intervenciones en el podcast y sus respuestas a las preguntas de los contertulios dejan claro que Fesser se ha empapado tan a fondo de la cultura yanki, que ha dejado de ser un observador siquiera medio imparcial: se ha convertido al wokeísmo. Y lo alarmante es que, siendo él una de las pocas voces populares de referencia en España emitiendo desde el otro lado del charco (otra sería la de José Ramón Andrés Puerta; éste en EEUU desde hace casi 30 años), sus opiniones no ayudan a matizar la situación política norteamericana ni a disipar el desdén con el que miramos todas esas «rarezas» americanas desde aquí. Todo lo contrario.

Si creen que exagero, a las pruebas (citas) me remito. He transcrito algunas de las afirmaciones más sorprendentes que le oí hacer en el programa: por hiperbólicas, por simplistas, o por maniqueas. Son citas literales; aunque sí: falta un poco de contexto. Escuchen el programa (y ya puestos, todos los de Bola de Cristal, en general) si creen que he abusado de la tijera.

(Estuve a punto de encerrar la última frase entre signos de exclamación; tal es la vehemencia con que denuncia la masacre.) Poco importa que el análisis desapasionado de los datos sobre la policía y las estadísticas que tenemos indiquen que no, que los policías en EEUU no matan a los detenidos negros en mayor proporción que a los detenidos blancos. También hay interminables columnas, libros y entrevistas de escritores, profesores universitarios e intelectuales estadounidenses intentando educar a sus compatriotas, llamando a la calma, blandiendo estudios y cifras reveladores. Muchas de estas voces auténticamente reflexivas son anti-Trump y progresistas. Muchos de estos comentaristas son, incluso, negros. Por nombrar a cuatro de estos: John McWhorter, Glenn Loury, Thomas Sowell, Coleman Hughes.

Primero: ¿«Diez veces menos»? ¿Diez veces? Citation needed! Segundo: «los están matando en la calle»; otra vez la hipérbole incendiaria imposible de cuantificar o evaluar. Tercero: si algo nos ha quedado claro en España (y en el mundo) desde la muerte de George Floyd es que esa desgracia no ha desencadenado protestas ni reacciones, en absoluto. Ni en EEUU, ni en el resto del mundo.

Como si los Republicanos no hubiesen ganado las elecciones legítimamente en 2016. O como si no tuviesen una probabilidad de ganar limpiamente este año de entre el 13% y el 16%, según los pronósticos más fiables a día de hoy.

Fesser no tiene ni un comentario mínimamente crítico sobre BLM, un movimiento impreciso, dogmático y nihilista, con retórica fascista. BLM tiene intenciones explícitas de desmontar las instituciones democráticas por la fuerza, y de mutilar la financiación de la policía. Responde a críticas con tácticas de intimidación, neolengua, victimismo y superioridad moral. Sus acciones son violentas, y no solo en un puñado de casos anecdóticos. Pero no: para Fesser, se trata de buenos (jóvenes, negros, Demócratas, BLM) contra malos (viejos, blancos, Republicanos, Trump).

En este asunto (como en tantos otros), es ingenuo creer en grandes diferencias entre presidentes Demócratas y Republicanos, o ver un empeoramiento radical de la situación en la última legislatura. Obama, en sus ocho años en el poder, no cerró la base de Guantánamo, a pesar de haberlo prometido. Trump tampoco. En la legislatura anterior, los Demócratas heredaron guerras en Irak y en Afganistán, y añadieron la de Libia y la de Siria, además de ataques variados (por ejemplo contra DAESH). En un periodo la mitad de largo, se puede decir que las participaciones militares más contundentes de los Republicanos por el mundo han sido ataques aéreos selectivos, por ejemplo en Siria. Las instalaciones en las que se encierra a las familias de inmigrantes ilegales en EEUU en la Era Trump, y que tanto revuelo han causado, en muchos casos fueron construidas durante la Era Biden, y usadas ya entonces de forma más o menos parecida. La administración actual ha deportado menos inmigrantes ilegales cada año que la anterior administración Demócrata. Nada de esto convierte a Trump en un presidente competente ni decente, pero nos da la medida del margen de cambio y de diferencia que hay entre las dos fuerzas políticas con poder real, y pone en perspectiva cualquier afirmación grandiosa a favor o en contra de unos o de otros… o de sus respectivos votantes.

Lo dicho: buenos y malos. Y Un Mundo Nuevo. Análisis riguroso.

En definitiva, Fesser hace dejación de la responsabilidad intrínseca con la que se ha investido como reportero y cronista de facto de la actualidad americana para el público español. Es alarmante que no nos cuente que fueron las facciones progres más radicales en EEUU las que provocaron, en buena medida, la llegada de Trump. Y las que en 2020, cada vez más encastilladas en su retórica revisionista, racista y moralizante, están dándole a los Republicanos combustible otra vez.

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